Martes, 21 de Mayo de 2019

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Críticas
 





Una OSE escandinava
Mikel CHAMIZO
La Orquesta de Euskadi casi siempre actúa en la recta final de la Quincena Musical, cuando el público donostiarra ha escuchado ya a unas cuantas orquestas de primer nivel. Otros años la OSE se ha quedado un poco pequeña en la comparación, pero este año han superado el handicap con soltura. Han elegido un programa que les va bien -por alguna razón el sonido de la OSE es afín a la música de Rachmaninov y sus responsables lo saben- y, más importante aún, la orquesta rindió notablemente. Su titular Andrés Orozco-Estrada no pudo dirigir por enfermedad y fue sustituido por Ari Rasilainen, que fue un feliz descubrimiento. Finlandés hasta la médula en sus concepciones y su forma de dirigir, consiguió limar arideces en la OSE y que la cuerda fraseara con una cierta indefinición de contornos, algo característico de las orquestas escandinavas. Esto funcionó muy bien con la música, ampulosa, densa y romanticona, que contiene la «Sinfonía nº2» de Rachmaninov.
La sorpresa de la velada fue, no obstante, la «Cantata Primavera», también de Rachmaninov. Por la propia obra, no muy conocida, en la que Rachmaninov vuelve a mostrar su fascinación por mentes al límite. Aquí se narran los pensamientos asesinos que se le pasan por la cabeza a un campesino ruso en su duro aislamiento invernal junto a su mujer, obsesiones que, felizmente, se desvanecen con la llegada de la primavera -pero es una falsa alegría, pues uno no puede dejar de inquietarse por lo que le ocurrirá a la mujer el próximo invierno-. Estupenda la actuación de la Coral Andra Mari, que nos puso los pelos de punta con su impactante entrada y que supo expresar el resto de la partitura con una fuerza y volumen descomunales.
¡En qué buen momento está este coro!

 
 

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