Martes, 11 de Diciembre de 2018

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Críticas
 





¡UN ZACHARIAS INOLVIDABLE!
EMECÉ
Christian Zacharias es un artista bien conocido por el público de la Quincena Musical. Ha actuado regularmente en el festival desde hace dos décadas y del 2000 al 2002 llevó a cabo el proyecto de interpretar los 27 conciertos para piano de Mozart, tocando el piano y dirigiendo él mismo a las orquestas de cámara de Escocia y Lausanne. Fue un hito que aún recuerdan muchos aficionados donostiarras y que se rememoró el sábado con la interpretación del “Concierto para piano nº24”, que evidenció que Zacharias apenas se ha mocido de las opiniones interpretativas que ya mantenía hace casi 20 años. Su forma de abordar la música del Clasicismo toma algunos recursos de la interpretación históricamente informada, pero fundamentalmente parte de la tradición sinfónica del siglo XX, tal y como la perfeccionaron directores como Karl Böhm y pianistas como Ingrid Haebler. El suyo fue un Mozart de una coherencia inatacable, perfecto en estilo y en equilibrio entre orquesta y piano, pero una parte del público pudo considerarla anticuada o no demasiado excitante. Quizá porque se trataba de un programa de intenso dramatismo y sonoridades algo oscuras, Zacharias optó por trabajar con la Orquesta de Euskadi en una plantilla relativamente grande. El resultado, tanto en Mozart como en la “Sinfonía nº49” de Joseph Hayd, fue una sonoridad un tanto pesada. Esto mejoró ostensiblemente en la segunda parte, en la que la OSE, ahora sin violas, sonó más ligera, como lo fuen también la interpretación de la Coral Andra Mari. Juntos abordaron el “Réquiem” de Michael Haydn con el equilibrio propio del Clasicismo, sin la necesidad de cargar los tintes trágicos por tratarse de una misa de difuntos. Fue funcional el cuarteto de solistas, en el que destacaron las voces masculinas de Martin Miterrutzner y Peter Harvey. Con estos buenos mimbres, Zacharias pudo construir una versión notable de este “Réquiem” poco conocido.
Para dejar las cosas claras desde un principio es bueno dar constancia que las cuatro voces solistas seleccionadas para la última obra de este concierto están perfectamente adecuadas a la tipología del estilo canoro pensado por Johann Michael Haydn para su Requiem, el cual, dicho sea de paso y en contra de lo que se ha escrito, no es de estreno absoluto en las Españas, pues ya se interpretó por el conjunto Alquimia Musicae en 2014 en Sevilla.
Contar en el podio con Christian Zacharias es todo un lujo, ya que su poderío en el iniciático clasicismo es garantiía de exactitud y profundidad musical. Súmese a ello el muy reconocido concertino Lorenz Nasturica y a una OSE casi camerística y el resultado ha de ser óptimo a la fuerza en la interpretación de la Sinfonía nº49, en Fa menor de Franz Joseph Haydn, conocida como “La Passione”, escrita en 1769. Escucahmos una versión en verdad deliciosa donde el llamado stilo da Chiesa, con sus sombras, del primer movimiento, termina con un allegretto en do menor, sobre ocho variaciones, poderosas, saliendo del tenso anochecer con una coda final que busca la ansiada luz lunar.
Y con Mozart –como casi siempre– llegó la explosión gozosa de los sentidos, con su famosísimo “Concierto para piano y orquesta nº24 en Do menor”. Desde la exposición del primer movimiento, en el que se apertura la forma de sonata, Zacharias nos deja embobados con los claroscuros que imprime a las cadencias sobre el piano, asistido por el orgánico orquestal de mayor variedad de instrumental que Mozart utilizó para sus 23 conciertos para piano y orquesta. Los clarinetes y los oboes de la OSE imprimieron una especial riqueza tímbrica a la obra, sobre todo en larghetto en Mi bemol, sobre el que las manos de Zacharias dieron a cada pulsación de las teclas la intensidad exacta, con unos desarrollos perfectamente engarzados con la orquesta. ¡Rediós, que elegancia! ¡Uf! En ese antecedente anochecer la bóveda celeste tuvo su plateada luz con el binomio Mozart/Zacharias. El maestro salió a saludar cuatro veces.
El Requiem en Do menor MH155, escrito por Johann Michael Haydn bajo el título “Missa pro defuncto Archiepíscopo Sigismondo”, conocida también como “Missa pro Defunctis”. A su estreno en enero de 1772 acudió Mozart, para quien tuvo una importante influencia. Estamos ante un réquiem en el que no hace falta dar candela de sonido; por el contrario, Andoni Sierra (estudioso de este tipo de repertorio) supo dal al Andra Mari el puntual cuajo de elegancia, para que las cuatro cuerdas (SATB) estuviesen siempre bien compensadas. A eso se llama un trabajo bien hecho, como fue caso en el vivace “Quam olim Abrahae”. Zacharias colocó a las voces solistas entre el coro y la orquesta logrando con ello el efecto de la emotividad envolvente que impregna esta obra. Tanto Alicia como Clara nos permitieron apreciar –en mucho– las dotes de sus elegancias expositivas. Muy apreciable la voz del barítono Harvey, estando limpio y brillante el metal del tenor Mitterrutzner.
¡Christian Zacharias, signore grande e potente da alfa a omega!

 
 

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