Viernes, 28 de Julio de 2017

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Críticas
 





Quincena: Cara y la cruz de un gran músico
Rafael Banús
Orquesta Sinfónica de la Radio de Frankfurt. Coral Andra Mari. Philippe Herreweghe, director. Ilse Eerens (soprano), Marie-Claude Chappuis (contralto), Robin Tritschler (tenor), Thomas E. Bauer (barítono), Steven Isserlis (violonchelo). Obras de Beethoven, Haydn y Brahms.
No hay duda de que Philippe Herreweghe (Gante, 1947) es uno de los grandes nombres de la llamada corriente historicista, ya desde que en 1970 fundara en su ciudad el Collegium Vocale, con el que participó en la monumental edición completa de las “Cantatas” de Bach emprendida por Leonhardt y Harnoncourt. Sin embargo, en los últimos años, al igual que muchos otros colegas, dirige cada vez más orquestas sinfónicas, a las que aplica sus propios criterios musicológicos (pudimos verlo en un magnífico Bruckner con la ONE). Los dos conciertos ofrecidos en la Quincena Musical han sido muy diferentes. En el primero, todo él dedicado a Beethoven, tras una obertura de “Coriolano” que había hecho albergar las mejores esperanzas por su dramatismo y su tensión, con el tempo elegido para el “Allegro ma non troppo” de la “Novena Sinfonía” ya el maestro parecío pulsar el acelerador y querer entrar en el libro Guiness de los récords por su rapidez, en una lectura atropellada que no convenció a casi nadie, y en la que los músicos de la orquesta -entre los que hay algunos atriles hispanos- hicieron un verdadero esfuerzo por seguir las órdenes de sus manos (obviamente, no usa batuta).
La Coral Andra Mari, pilar fundamental del festival donostiarra (y que celebraba con esta actuación sus 50 años de vida, aunque probablemente habría merecido otra mejor ocasión de lucimiento), fue posiblemente lo mejor, por su empaste y su entusiasmo, demostrando además que el flamenco es un excelente director coral (al igual que Thomas Hengelbrock, quien hace unos días ofreció una magnífica “Harmoniemesse” de Haydn con el Ensemble Balthasar Neumann). El cuarteto solista siguió la tónica ligera de toda la versión, aunque Herreweghe sabe cuidar las voces y se oyó incluso (algo infrecuente) a la contralto.
Muy superior fue la segunda velada, que, tras otra bien planteada pieza beethoveniana, “Consagración del hogar” (que se toca menos de lo que merece), acompañó primorosamente a un Steven Isserlis en estado de gracia en el “Primer concierto para violonchelo” de Haydn, donde el artista inglés exhibió toda la belleza de su Stradivarius en el Andante central, y culminó en una “Primera Sinfonía” de Brahms -compositor en el que Herreweghe está muy interesado en estos momentos- muy bien construida, resaltando sus elementos líricos y cantables pero con energía y con pasión, y donde en este caso la agrupación ahora sí tuvo ocasión de lucirse en todas sus posibilidades, con una madurez ausente el día anterior. Dos conciertos casi contrapuestos de un músico, en cualquier caso, siempre interesante

 
 

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